1.21.2014

piña, mamey y zapote

il. Ramón Alejandro

no se puede dejar atrás lo que se lleva en la sangre, esa frutería tropical batida en ataques repentinos de nostalgia y melancolía que estrujan esas pequeñas cosas que nos sorprenden, como el colesterol después de los cuarenta, o ese ataque cardíaco que te va rondando toda la vida y cuando llega, zas, te vas con la misma ardentía de vida con la que saliste de entre las piernas de tu madre; y por eso, ella, laaa vidaaa, fluye y arrastra siempre hacia el mismo lugar, a ese mismúnico orificio húmedo de vida y muerte: a la rendija acalorada de una mujer en celo que se infla para recibirte o al hueco distante y profundo que se abre para tragarte; y es que es así de sencillito y no vale de nada día a día la amnesia que nos queremos imponer, ese canturreo de que hay que olvidar, a la que se fue y a la que ha de llegar, y ya casi, me distraigo viendo cómo penetra el tornillo en la madera y pienso qué maravilla estos taladros de pilas mientras se espabilan los gallos y cacarean las gallinas en este corral del trópico adonde me empuja la desprevenida añoranza de la vidalgia y se me restriega entre las piernas un caótico alboroto de hambre y plumas y la oigo, a ella que dice que nunca jamás non plus… piña, mamey y zapote,   SIGUE
y me fijo que el tornillo es de ésos preciosos tallados en cobre para que no se oxide que aquí ya no hay aire por eso el ventilador suspira con el giragira de las aspas y las cazuelas tintinean solas en la cocina a punto de levitar como si de pronto entrara una mano quieta y sigilosa a subir la melodía del canturreo de aromas del recuerdo y ella murmura que no, que no y se me cuela por la piel como el café aquél, el del buchito amargo, el del terrón de azúcar perdido entre senos llenos y ya se me va, como el que pierde la cabeza entre las tablas y en ese momento resbala, cae, nos golpea, a mí y a ella, que toma inerte mi cabeza que rueda rueda de pan y canela con mi despojado títere en mano que se sacude y me mira, atento a mis deseos de salir de estas sombras de tablas y astillas húmedas y volar, volar a ella que se aleja y se me va el sentido, ese enlace vívido con los recuerdos que cuelga de su aliento y fuácata, se vuela la cafetera salpicándolo todo y penetra el silbido del cafetal encendido hasta el centro del tímpano ido allí en busca de ecos y sorpresas y protesto que no, nanaíta, que todavía me queda cafeína entre los dientes y el sabor lejano de un amanecer en el trópico, aún mojado, en-chum-ba-do em-pa-pa-ya-do de voces rasposas y ceñidas de música corriéndome por el pelo hasta acumularse en mi garganta, despojando gota a gota el nido del lagrimar reservado para los amores densos, los que pesan y te hunden al hueco infinito que se infla con tus depósitos y verás, verás que vas a extrañar esos ardores que te abrazan para lamerte el alma con lengua cimbreante de piña, mamey y zapote mientras ruedas sin rumbo por los tejados llenos de arena en busca del recuerdo de los maullidos de gatos tuertos y de caguamas voladoras que se cagan con parsimonia sobre mi cabeza rota mientras el runrún del taladro aumenta porque los tornillos se multiplican por doquier, largos, afilados, brillosos y no puedo remediarlo, pero ella habla y la escucho, bebiendo sus palabras lentas que chillan rugidos de vidaaa arañados del tejido de sus uñas pulcras que se hincan donde ya no me duele como cuando me pedía imperativa que antes de que me eches tierra siémbrame en tu cintura para que tus manos me guíen cuando te pares delante de la catedral de la habana o detrás de la puerta de alcalá, así, así… con las manos en las caderas, recta y firme, dándole la espalda al recuerdo que me trajo aquí, a la punta del pie del zapato rojo con tacón fino con que acaricio la longitud de sus piernas abiertas tragando buches de su aliento teñido de luz, quedito aspirando su vida viva que me hace falta, tanta que me falta el aire ya porque me tapan la boca con gasa ausentándome de la atmósfera cotidiana mientras me calientan el pellejo con velas, que por seco y viejo se les enreda entre las aspas del ventilador que no quiere parar, que no le da la gana de parar su leal giragira para mantenerme fresco y pensante mientras ella murmura en una esquina, mirándome perpleja, vaciándose en un pañuelo de seda y flores, y que no, que no, dice el gallo y se alborota y espanta a todas las gallinas que vuelan bajito a ras del sueño y caen, pesadas, sobre el suelo embadurnado de mierda y de polluelos abortados y el olor a porquería me trae encima el barullo de la vida, la ausencia que deja ella que se aleja, que se va entre las tejas que caen y se desmoronan en barro que se metamorfosea en plato llano donde baila el aceite del sofrito de ajo caliente que me atrapa la lengua y vaso donde bebo el frescor de la champola de guanábana y chirimoya entre los soplidos del ventilador vencido ya sin aspas y caigo, cabeza en mano, títere rodante por los escaños que me quedan, repicando entre las tablas chirridos ajenos a los niños que gritan de gusto a mi lado agarrándome a la avalancha succionadora del embudo silente que me traga comiéndome el mamey más rojo del caney, el más candente de masa pulposa y abierto en mi boca para tu boca que fue y es promesa de azúcar aquí, ahora, en el pasado que apenas comienza en el fondo del estanque del retiro rodeada mi cabeza de niños remando y luego caigo, de lado abrazando montañas ceñidas al peligroso curso del cauto, más sueño que pasado, donde se desbaratan mis piernas resistiendo el cuchillo de la soga del ancla del goce inmenso de cada fruta suspendida de tu pelo y tus manos que me tocan envueltas en gasas limpias huelen a piña y me manchan de zapote, quedándome sólo esos olores que estallan en mis venas, estas frutas tuyas que llevo en la sangre a punto de ser ya memoria de caramelo, como los niños que inflan globos de chicle inclinándose en el bote, y paf, se les explotó el globito y ni cuenta se dieron en el estanque del parque o en la orilla del río, y caen de culo muertos de risa a mi lado, que me revuelco en otra mortandad de tornillos que no se oxidan, pegado al fondo empalagado de la caja por las espesas capas de néctar de piña, mamey y zapote que emanan de mis poros como laaa vidaaa misma, asfixiado por el vaho húmedo que se atraviesa en la garganta del ahogado que insiste en respirar aún en el fondo del mar.   

© om ulloa

de la colección de cuentos 
Vocesueltas: Cuatro cuentistas de Chicago  

se puede escuchar acá: omu@soundcloud
grabación hecha en una de las presentaciones del libro

4 comments:

Yoooooo said...

Uf como pudiste leer todo esto sin un punto? Qué evocativo y maravilloso, om, de verdad. Luego lo vuelvo a oír.

Anonymous said...

Mira que después de escuchar "piña, mamey y zapote" me quedé como en la frutería, que buen ritmo y vuelo agarra. FP

Anonymous said...

Bodrio sin fin. Y encima declamadora. Oh el horror. No tienes para cuando acabar.

sonora y matancera said...

gracias por sus comentarios. este cuento es de una antalogía de varios autores latinoamericanos que viven en Chicago. y la grabación fue hecha en una de las presentaciones del libro.

yoooo: no, no es fácil leer estas cosas mías donde no hay punto. agradezco que lo hayas escuchado porque es un engendro sonoro más eficaz cuando se oye que cuando se lee, me ha dicho mucha gente. como FP, amigo y fan.