12.19.2008

amuñeleto

me gustan las cosas viejas, gastadas, abusadas, no retocadas. en ellas encuentro la crueldad de la vida, en la falta de cuidado del ser humano que no aprecia esos objetos y los desecha porque han dejado de ejercer encanto, servicio, utilidad. las cosas nuevas tienen, es verdad, un brillo inigualable, pero el polvo de las viejas susurran vida.


aunque aborrezco las colecciones, tengo acumuladas en alguna cajita por ahí esculturas rotas, muñecas sucias, estilográficas sin punta, fotos borrosas y unos mocasines marca Emboga que mi madre me compró en Madrid en 1969. aún el cuero está en buenas condiciones, y como acto simbólico me los puse al menos una vez al año hasta hace apenas algunos, cuando ya no me sirvieron más de talla. cada vez que los miro, me veo caminando por la avenida de la castellana con cira la cubana o comiendo bocadillos de chorizo en el retiro con mis viejos. esas instantáneas sin foto valen guardarse, como mis arcaicos zapatos que aún parecen nuevos, como yo.

por eso el día que, hace mucho, me topé con la muñequita de la foto, fue una ocasión memorable. el mundo se me venía encima, una vez más. otra mudanza en invierno. otra inexplicable sensación de pérdida, abandono y tristeza se anidaba en mi cabeza bajo el pelo lleno de nieve mientras cruzaba una calle. allí estaba ella, tirada en el piso llena del fango asqueroso de la nieve traficada, de sal, de churre. sin embargo la muñeca sonreía a carcajada abierta con sus ojitos chinos hechos líneas curvas. la recogí y me aparté para observarla mientras la gente me pasaba robótica por al lado. su carita sucia me hizo sonreír. luego, yo también empecé a reírme con carcajadas leves. este objeto desechado e inanimado aún sonreía, desvencijada como estaba hasta con un hueco en su gargantica de plástico, incapaz de gritar su enojo por tal maltrato. apreté la figurita en mi mano enguantada y me la metí en un bolsillo. seguí mi camino con el paso un poco más ligero y pensando que la tristeza era eso, un tris de teza, de teresa, de trenzas, de travesuras y aventuras....

la muñequita ha ocupado siempre un lugar predominante y visible en mis numerosas casas después de aquella nueva que tanto me entristecía hace un par de décadas. ella siempre está allí donde yo no pierda de vista su maravillosa sonrisa abierta, su cuerpecito churrioso, su cráneo roto y su pelo enmarañado dando cara a los elementos que corroen, erosionan, desgastan. ella, que es amuleto del optimismo que no destilo, es el espejo de la verdadera belleza de la vida en el que quiero reflejarme.

1 comment:

Anonymous said...

TODOS DEBEMOS SER COMO LA MUNEQUITA,NO PERDER LA SONRISA A PESAR DE QUE EL TIEMPO Y LA VIDA NOS DEJEN HUEYAS IMBORRABLES.